Codazzi: el cartógrafo que aprendió a ver Colombia desde sus ríos y costas

Un joven artillero italiano llegó a Colombia en 1819 no por los Andes sino por el Caribe, donde aprendió a mirar el territorio desde una perspectiva diferente a la bogotana. Su formación fue posible gracias a Louis-Michel Aury, un corsario francés que Bolívar marginó y la historia oficial olvidó. De aquella mirada inicial nació la obra de Codazzi, quien eventualmente cartografiaría la nación y daría sus primeros mapas de reconocimiento.
Cuando un país se pierde en sus propias contradicciones y la intolerancia política lo ahoga, conviene mirar atrás hacia quienes lo forjaron. No para convertirlos en héroes de utilería en debates actuales, sino para encontrar ese espíritu fundador que quedó enterrado bajo tanto ruido: esa brújula moral que los pueblos necesitan cuando se desorienten en sus conflictos internos.
Hay un episodio que ilustra esto como ningún otro. Imagínense un muchachito de veintisiete años bajando en piragua por el río Atrato en 1819. Aún no era el célebre cartógrafo, todavía no dirigía la Comisión Corográfica, su nombre no estaba grabado en municipios ni en institutos geográficos. Era simplemente Giovanni Battista Agostino Codazzi, un soldado italiano originario de Lugo de Romaña, veterano de las guerras napoleónicas en Lützen y Dresde, hombre que había sobrevivido a un naufragio frente a la isla de Ítaca. Miraba asombrado esos árboles que cubrían el río y escuchaba cantos de pájaros que tardaría años en conocer. Era, ante todo, un hombre aprendiendo a ver.
Lo notable es por dónde llegó. Codazzi no entró a Colombia por la cordillera andina como tantos otros. Llegó por el Caribe, por el mar, desde las cubiertas de barcos operando frente a Providencia, desde las bocas del Darién. Esa perspectiva inicial transformó cómo aprendería a leer el territorio. Antes de que los bogotanos lo describieran desde la altura del altiplano, Colombia ya estaba siendo observada desde sus puertos y sus ríos navegables. Era una mirada que venía desde abajo, desde las aguas.
Pero esa formación no cayó del cielo. Detrás hubo una red compleja de hombres, embarcaciones y proyectos políticos que lo hicieron posible. Y aquí viene lo que la historia oficial prefiere ocultar: buena parte de ese entramado dependía de Louis-Michel Aury, un comodoro francés que desde Providencia mantenía viva la causa de la independencia cuando los ejércitos republicanos estaban desparramados. Aury no era un pirata común, operaba bajo patente de corso de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Él fue quien en Baltimore reclutó a Codazzi y a su compañero Constante Ferrari para la causa suramericana. Él les facilitó barco, bandera y continente. Con sus operaciones sobre el Chocó, el Magdalena y su bloqueo a Cartagena, Aury mantenía ardiendo el frente caribeño de la guerra.
Bolívar, sin embargo, desconfió de él. Lo marginó primero, lo excluyó después. Aury murió en Providencia en 1821, como escribiría después el historiador Carlos Ferro, "ignorado en Francia, ignorado en México, ignorado en Argentina, negado por los colombianos". Lo que le debemos es inmenso y lo reconocemos casi nada. Su gente eran hombres cultos, formados en las guerras europeas y en el intercambio de ideas atlántico, que luego se integraron a la república y la moldearon. Codazzi fue el más destacado de todos ellos.
Hay una tentación en los países que enfrentan crisis: buscar salvadores nuevos. Pero la historia ofrece algo más valioso: la memoria de quienes los construyeron sin saber bien que lo hacían, guiados por la curiosidad más que por doctrinas. Ese joven que navegaba el Atrato en una piragua indígena no pretendía fundar nación alguna. Solo estaba aprendiendo a mirar. Y de aquella mirada, de esa capacidad de asombro ante lo desconocido, nacieron los mapas con los que Colombia empezó a conocerse a sí misma.
Fuente original: El Isleño


