China en la cuerda floja: cómo el conflicto Irán-Israel amenaza su seguridad energética

China depende de Irán para entre el 12 y 15 por ciento de su petróleo, lo que la coloca en una posición delicada tras los ataques estadounidenses e israelíes. Beijing condenó diplomáticamente los ataques pero evita involucrarse directamente en la escalada regional. El verdadero riesgo para el gigante asiático es la posible interrupción del flujo de crudo a través del Estrecho de Ormuz, por donde pasa casi la mitad de sus importaciones petroleras del Golfo.
China se encuentra atrapada en una encrucijada geopolítica. Por un lado, debe mantener su discurso diplomático coherente rechazando cualquier intervención militar o cambio de régimen en otra nación. Por el otro, enfrenta una amenaza real a su seguridad energética mientras Estados Unidos e Israel continúan atacando infraestructuras estratégicas en Irán. El ministro de Exteriores chino Wang Yi condenó los ataques el domingo, calificando el "asesinato flagrante de un líder soberano" e instando a un alto el fuego inmediato. Pero las palabras duras no resuelven el dilema fundamental de Beijing: cómo proteger su flujo de petróleo sin quedar atrapada en una guerra regional.
La dependencia es innegable. China compra aproximadamente entre el 12 y 15 por ciento de su petróleo de Irán, lo que equivale a unos 1,5 millones de barriles diarios desde 2023. Ese crudo se carga en la isla de Kharg y viaja a través del Estrecho de Ormuz antes de seguir hacia refinerías en provincias como Shandong. Para evitar las sanciones estadounidenses, el petróleo iraní se re-etiqueta durante el viaje como procedente de otros países, en una operación que requiere transferencias entre barcos en aguas internacionales. Irán compensa estos riesgos ofreciendo descuentos del 6 al 10 por ciento, pero eso también significa menores ingresos para Teherán. China además importa productos químicos como metanol, necesarios para su industria de plásticos.
El punto más vulnerable no es tanto Irán como la ruta por donde viaja el petróleo. Casi la mitad de todas las importaciones energéticas que China trae del Golfo Pérsico pasan por el Estrecho de Ormuz. Si esa vía se interrumpiera durante una escalada de conflicto, el impacto sería inmediato y masivo. Por ahora, Beijing tiene cierto colchón: entre 40 y 45 millones de barriles almacenados en reservas flotantes. Pero eso es un respiro temporal, no una solución.
Aunque China e Irán firmaron en 2021 una asociación estratégica integral, la realidad es mucho más pragmática y menos estrecha de lo que anuncian. De los 400.000 millones de dólares prometidos en inversiones chinas, muchos proyectos nunca se materializaron completamente. La cooperación militar es aún más limitada: China suministró misiles y tecnología a Irán entre 1985 y 1997, pero desde 2010 esa colaboración verificable es mínima. Beijing simplemente no puede garantizar protección militar a sus aliados, lo que explica por qué su estrategia se reduce a condenas diplomáticas firmes mientras evita un enfrentamiento directo con Washington.
China tiene dos prioridades claras en Oriente Medio: asegurar el flujo de energía y mantener la estabilidad regional. La segunda prioridad responde a preocupaciones internas: extremistas relacionados con Xinjiang, Asia Central y Pakistán han atacado ciudadanos chinos en el pasado. Una guerra regional descontrolada podría revitalizar movimientos que Beijing lleva años intentando neutralizar.
Así, China se debate entre su compromiso retórico con la soberanía nacional y sus intereses económicos concretos. No puede permitirse una ruptura total con Washington ni verse arrastrada a un conflicto en el que sus opciones militares son limitadas. Su apuesta es que la diplomacia prevalezca, que el Estrecho de Ormuz permanezca abierto y que Irán siga siendo ese socio incómodo pero indispensable que abarata su energía. Si esos cálculos fallan, Colombia y toda Latinoamérica también sentirían los efectos de una interrupción en los mercados globales de petróleo.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



