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¿Buscamos unidad o solo exigimos que todos seamos iguales?

Fuente: El Isleño
¿Buscamos unidad o solo exigimos que todos seamos iguales?
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En Pentecostés se celebra cómo el Espíritu Santo unió a personas de diferentes culturas y lenguas sin borrar sus diferencias. En el archipiélago existe un clamor por la unidad, pero muchos confunden esto con uniformidad, que exige conformidad y margina a quienes piensan distinto. La verdadera unidad respeta la diversidad mientras une a las personas alrededor de un propósito común mayor que ellas mismas.

Hace casi dos mil años, en el Cenáculo de Jerusalén, algo extraordinario sucedía entre más de ciento veinte personas reunidas. No era solo que estuvieran juntas en un mismo lugar orando, sino que esa unidad precedía algo transformador. Según el relato del doctor Lucas, primero se unieron, y luego recibieron el poder del Espíritu Santo para cumplir su misión: hacer que el Evangelio fuera comprensible para personas de todas las lenguas y culturas. Ese día, que la Iglesia celebra hoy como Pentecostés, nos deja una lección que sigue siendo urgente en nuestro archipiélago.

En nuestras islas persiste un clamor genuino por la unidad. Sin embargo, ese anhelo convive con una creciente resignación. Muchos creen que la unidad nunca será posible porque los intereses contrapuestos siempre ganan. Otros simplemente se han acostumbrado a la división. Y hay quienes, adoptando narrativas que profundizan la separación, han renunciado incluso a imaginar un propósito común. Pero aquí está el punto crucial que Pentecostés nos devuelve: confundimos unidad con uniformidad, y son cosas completamente diferentes.

La uniformidad es lo que muchas estructuras políticas, educativas y sociales nos piden sin decirlo abiertamente. Exige que todos tengamos la misma apariencia, pensemos igual y actuemos de una sola manera. Quienes se atreven a discrepar son excluidos, etiquetados como personas non gratas o vistos como amenazas al orden. Es un sistema que busca la homogeneidad a cualquier costo, que margina a quienes cuestionan los supuestos predominantes en lugar de involucrarlos en el diálogo.

La unidad, en cambio, es algo radicalmente distinto. La unidad no suprime las diferencias; las acoge. Permite que coexistan perspectivas diversas mientras cultiva el respeto mutuo y una visión compartida que trasciende a individuos y grupos. La unidad valora la singularidad de cada persona precisamente mientras la convoca hacia algo mayor. No silencia a quienes son diferentes, sino que les da voz.

Ese era el mensaje de Pentecostés hace dos milenios. El Espíritu Santo no borró las diferencias culturales ni lingüísticas de quienes estaban en el Cenáculo. Al contrario, las potencia. Empoderaba a personas de distintos orígenes para participar en una misión común sin dejar de ser quiénes eran. La unidad genuina trae consigo el empoderamiento porque surge cuando las personas se comprometen con algo más grande que ellas mismas.

En el archipiélago, la pregunta que deberíamos hacernos es clara: ¿realmente buscamos unidad, o solo exigimos uniformidad disfrazada de orden? Porque mientras confundamos estas dos cosas, seguiremos errando el camino. La unidad es posible, pero requiere que aprendamos a valorar la diversidad como una fortaleza y no como una amenaza.

Fuente original: El Isleño

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