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Bogotá mide el bienestar desde escritorios; la periferia ya sabe cómo vivirlo

Fuente: Guajira News
Bogotá mide el bienestar desde escritorios; la periferia ya sabe cómo vivirlo
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Un columnista de Guajira News cuestiona cómo el Estado bogotano pretende medir la felicidad con indicadores económicos, ignorando que en la periferia colombiana el bienestar brota de la solidaridad comunitaria y la dignidad autónoma. Mientras el centro diseña "programas de felicidad", las comunidades periféricas ya han aprendido a gestionar sus territorios y prosperar con sus propias lógicas, sin pedir permiso a Bogotá ni necesitar que les enseñen a ser felices.

En Bogotá, el progreso se cuenta en cifras. Se cotiza en el TRM, se mira desde rascacielos que tapan el sol y tiene código postal. En la periferia, el progreso es más sencillo: cuando el río respeta la casa, cuando el vecino comparte lo que tiene, cuando la tarde permite sentarse en la puerta sin prisas. El DANE, claro, no tiene casillas para registrar estas cosas. Pero el bienestar subjetivo, esa variable que no cabe en Excel, sigue latiendo en la periferia con una tranquilidad que, curiosamente, ha empezado a inquietar a quienes planifican desde la sabana bogotana.

El problema es que desde los despachos de la capital se ha vendido la idea de que la felicidad es un producto que se importa. El bienestar se reduce a decimales: PIB per cápita, índice de Gini, cobertura de acueducto, hogares con fibra óptica. Todo muy ordenado, todo muy frío. Mientras tanto, en Quibdó o en Uribia, la gente descubrió que la satisfacción vital no se descarga como una aplicación; se cultiva. Nace de saber que el vecino no te dejará caer, de la memoria que persiste, de la capacidad de reírse de la desgracia porque ya es vieja conocida. Es un bienestar que no pide autorización y que, por eso mismo, resulta profundamente sospechoso para el orden central. ¿Cómo se presupuesta una sonrisa colectiva? ¿En qué rubro contable cabe la dignidad que brota cuando el Estado llega sin saber bien por qué está ahí?

Bogotá ha hecho un laboratorio de la periferia. La mide, la diagnostica, la interviene con paciencia de quien poda un bonsái. El funcionario capitalino viaja con su tablet llena de indicadores, regresa con un informe perfecto y concluye: "la gente es feliz a pesar de la pobreza". Qué consuelo tan patriarcal. Es como si la alegría periférica fuera un calmante que ofrece el Estado en lugar de infraestructura, como si un chocoano que encuentra sentido en la música y la comunidad fuera una anomalía que requiere corrección. El centralismo no aguanta la dicha autónoma. Prefiere el sufrimiento productivo, el descontento que se pueda gestionar, la queja que justifique la próxima licitación. Cuando la periferia sonríe sin órdenes, el centro tiembla: si no están tristes, ¿para qué sirven nuestros seminarios?

Pero aquí viene el giro incómodo: ese bienestar subjetivo dejó de ser dato anecdótico para volverse capital político. Las comunidades ya no esperan que un decreto les explique cómo sentirse. Aprendieron a gestionar sus territorios, defender sus propias economías, votar con memoria y no con miedo. Y cuando la periferia organiza, decide y prospera a su manera, la narrativa bogotana se resquebraja. De repente, gobernadores y alcaldes regionales no son "interlocutores de la brecha"; son sujetos con agenda propia. Los planes de desarrollo no son recetas médicas, sino contratos negociados. El centro, acostumbrado a dictar desde 2.600 metros de altura, descubre que la voz del llano, el Pacífico o el Amazonas no pide compasión: exige paridad. Y eso cuesta mucho más que una transferencia condicionada.

El diseño centralizado sigue creyendo que el bienestar se inyecta. Llevan décadas enviando camiones con folletos, contratistas con cronogramas, expertos con diapositivas que ignoran que la gente ya sabe vivir. Construyen carreteras que nadie pidió para llegar a lugares vacíos, mientras cierran caminos veredales que sostienen la verdadera economía del territorio. Lanzan "programas de felicidad" con talleres de mindfulness pagados con dinero que debería mantener una escuela, como si la angustia periférica fuera un problema de respiración y no de abandono estructural. El Estado mide, invierte, evalúa y se sorprende cuando los números no cuadran. Claro que no cuadran: el bienestar no es un rompecabezas que se arma desde Bogotá. Es un ecosistema que se respeta, no se domestica.

Colombia no necesita más semáforos del bienestar. Necesita humildad. La periferia no es un laboratorio ni un apéndice sentimental del centro andino. Es el lugar donde la vida se rehizo con las sobras del progreso oficial y, aun así, eligió florecer. Si Bogotá quiere dejar de ser la capital que mide y empezar a ser la que entiende, tendrá que aceptar una verdad incómoda: la felicidad no se audita, el desarrollo no tiene un solo acento, el país real no se diseña desde la colina sino en las orillas que el centro ignora por comodidad. Mientras tanto, la periferia sigue sentada en la puerta, viendo pasar el tiempo con una calma que es, confesémoslo, profundamente revolucionaria. Y lo mejor: no necesitan que nadie les dé el visto bueno para seguir siendo felices.

Fuente original: Guajira News

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